Ometeotl, el dios supremo de los Aztecas

azteca1Los Mexicas, Tenochcas o Aztecas era una de tantas tribus, pobre y débil cuando llegó, la última de todas y después de un peregrinar de 208 años, al Valle de México, ya del todo ocupado por otras, pero a la que la singularizaba una convicción interna indeleble, nada menos que la de ser el “Pueblo del Sol”, lo que les dió una fuerza fuera de toda proporción con su insignificancia -Cosa exactamente igual a lo que habría de pasar a la llegada de los Españoles, que también se creían enviados de Dios- fuerza tan indomable que en apenas siglo y medio llegaron a convertirse en dueños del Anáhuac, pero que sería la misma que habría de paralizarlos antes los españoles.

Esa fuerza y esa debilidad, esa grandeza y esa miseria, fueron siempre la absoluta entrega con que vivieron su religión, sin la cual no los entenderíamos. Esta era una mezcla, aun no muy homogénea, de la agrícola de los pueblos sedentarios con los que se mezclaron a su llegada y de la suya propia, típica de nómadas cazadores, de cuño astral.

Su religiosidad era abrumadora, mayor -si cabe- que la de todos los demás sus religiosísimos coterráneos:

“Puédese afirmar por verdad infalible -asegura Mendieta– que en el mundo no se ha descubierto nación o generación de gente más dispuesta y aparejada para salvar sus ánimas (siendo ayudados para ello), que los indios de esta Nueva España.”

 y Sahagún no se queda atrás:

“En lo que toca a religión y cultura de sus dioses no creo que ha habido en el mundo idólatras tan reverenciadores de sus dioses, ni tan a su costa, como estos de esta Nueva España; ni los judíos, ni ninguna otra nación tuvo yugo tan pesado y de tantas ceremonias como le han tomado estos naturales por espacio de muchos años..”

 

Nunca se preocuparon por formularse una sistemación teológica muy coherente, y tanto menos en que pudiera parecerlo a ojos españoles: “diferentemente relataban diversos desatinos, fábulas y ficciones”, pero todos sus mitos coincidían en asignar al hombre un lugar nobilísimo en cuanto a su origen y a su situación ante sus dioses, ya que había nacido por su interés y de su sacrificio, y era su colaborador en el sustento el orden cósmico, tarea a la que se entregaron con arrolladora totalidad, pero que vino a resultarles espada de dos filos, pues, mientras se desenvolvió en un contexto cultural propicio, les confirió una fuerza irresistible, misma que se metamorfoseó en paralizante maleficio cuando hubo de enfrentarse a otra: la de los españoles, no menos religiosa ni menos totalizante, pero que veía al mundo a su completo revés.

 
• Huesos preciosos y sangre divina

Simplificando mucho tradiciones muy variadas y complejas, podríamos decir que, según las creencias de los pueblos que los habíanQuetzalcoatl-05 precedido y que ellos adoptaron, todo el Anáhuac pertenecía a Quetzalcóatl, un rey mítico divinizado a quien ellos referían todo lo bueno de su cultura.

El había inaugurado una edad de oro, hasta que un dios rival, Tezcatlipoca, había conseguido embriagarlo y hacerlo pecar.

Lleno de vergüenza, se había arrojado a una hoguera para purificarse, pero, no contento con eso, se había autoexilado después, aunque prometiendo volver a reasumir la soberanía de sus tierras cuando lo considerase oportuno.

Su retirada, pues, había creado un “vacío de poder” que aprovecharon los mexicas, medio identificando a su dios tribal Huitzilipochtli con Tezcatlipoca, para justificar así instalarse ellos como dueños, si bien con la amarga certeza de que tendrían que ceder ese dominio tan pronto como regresase su indiscutido titular legítimo: Quetzalcóatl.

MictlantecutliTambién, para ellos, este mundo no era el primero, sino el quinto, luego de otros cuatro anteriores, terminados en desastre por incuria de sus habitantes. Este quinto comenzó a existir cuando el Sol, ayudado y comisionado por los demás dioses, había creado a los hombres, lo que no le había sido nada fácil, pues para ello hubo de sustraerle “huesos preciosos” al Señor del Inframundo: Mictlantecutli, mismo que hizo polvo y amasó con su propia sangre.

El, a su vez, había nacido hijo virginal de la Tierra: Coatlícue, quien ya había tenido antes muchos otros con su esposo el Cielo: Ilhuícatl, que eran la Luna: Coyolxauhqui, y las Estrellas: Tzenzontlatoa.

Estos se habían indignado tanto al notar en embarazo de su madre, que, queriendo vengar la afrenta inflingida a su padre, planearon matarla antes de que pariese a su mediohermano, pero, al intentarlo, nació éste, y con sus rayos: serpientes de fuego, había acabado con todos ellos.

Ya sin competidores reinó entonces glorioso, llenando con su luz cielos y tierra, y todo parecía que iba permanecer siempre así, cuando sus mediohermanos se repusieron y lo destrozaron a él.

Caído en los abismos del mundo subterráneo -allí donde antes había robado los “huesos preciosos”- fue devorado por los monstruos y nunca hubiera salido de no ser porque sus hijos, los hombres, le brindaron entonces la sangre que él les había compartido, permitiéndole así reponerse, volver a atacar y volver a vencer a sus contrincantes, originándose así el mundo que conocemos, de conflicto cósmico perenne y cíclico, en el que, gracias a la sangre humana, el Sol, la Luna y las Estrellas matan, mueren y renacen sin cesar.

Ni qué decirse tiene que este orden es profundamente inestable, y sólo subsiste gracias a esa “agua preciosa”: la sangre humana, y que, en el momento en que ésta faltase, moriría el “Quinto Sol”.

Detrás de esos mitos había una lógica impecable: Para los indios la vida era el movimiento -cosa en la que estamos enteramente de acuerdo- y “movimiento” se dice “ollin”.

El abstracto de esa palabra es “óllotl” o “yóllotl”, que equivale a “movilidad”. Ahora bien, la cosa más en movimiento que ellos conocían en toda la creación era el corazón, y, precisamente, “yóllotl” (i-ollotl = “su movilidadad”) es el nombre de “corazón” en la lengua náhuatl, y “vida” se dice “yolliliztli” que equivaldría a “corazonizar”, “la acción de dar corazón”.

¿Cómo llega el movimiento del corazón a todas las partes del organismo? A través de la sangre = “yeztli”, que tiene la misma raíz, de modo que para que el mundo viva, hay que brindarle corazones y sangre.

La sangre, pues, era elemento esencial del orden cósmico, y deber ineludible del “Pueblo del Sol” el procurársela, tanto por razón de “nobleza obliga”, ya que no hacían sino retornarle lo que él les había donado antes, como porque sin día y sin noche no podrían ellos vivir. La forma de atender a ese cometido era la guerra, la cosecha de corazones; pero, precisamente por eso, la guerra no era para los mexicanos el aniquilamiento de los enemigos, sino sólo su sometimiento al orden que equilibraba a todos.

Esto suena extraño, y hay que explicarlo un poco más:

macehualli_statueAnte todo, tomemos en cuenta que la idea india de creación no era, como la de los hebreos, la de un poder absoluto que con un solo “Fiat” manda que se hagan las cosas, y éstas quedan hechas, sino era “Macehualiztli” = “La acción de merecer, de ganar con total esfuerzo, entrega”. No olvidemos que el ser humano para ellos era el “Macehualli” por antonomasia, es decir: el “Merecido” con la sangre y el sacrificio divinos, y por eso los arduos trabajos, las duras campañas, los actos de sacrificio físico, a veces espantosamente duros, no los veían como carga o masoquismo, sino como una forma de asimiliarse a Dios.

También por eso, la máxima oración era el canto y la danza, pues en ella se entrega todo el ser. Nos refiere Motolinía“.. la danza se llama maceualiztli, que propiamente quiere quiere decir merecimiento […] así como decimos merecer uno en las obras de caridad. de penitencia y en las otras virtudes hechas por buen fin. […]. En estas no sólo llamaban e honraban e alababan a sus dioses con cantares de la boca, más también con el corazón y con los sentidos del cuerpo […] , por lo cual aquel trabajoso cuidado de levantar sus corazones y sentidos a sus demonios, y de servirlos con todos los talantes del cuerpo….”, es decir: sentían que, alabándolo “con el corazón y con los sentidos del cuerpo, con aquel trabajoso cuidado de levantar sus corazones y sentidos con todos los talantes del cuerpo”, en alguna forma se equiparaban a El y se asimilaban con El.

Para el indio el “téquitl”, (literalmente “corte”, del verbo “tequi” = “cortar”), era simultáneamente trabajo y gloria, dolor y exaltación. “Tetequi” = “cortar persona” era “Sacrificarse al idolo, sacando sangre de las orejas o dela lengua, y delos otros miembros”, amén de literalmente cortar a algunos, sacarles el corazón y ofrecerlo aún palpitante a los dioses.

También, por eso, una dura tarea, prolongada incluso durante generaciones, pero sustentada por la convicción de que era un asimilarse a Dios, (como había sido su peregrinar hasta llegar a México), la veían como noble, lógica, deseable. Fueron en eso tan coherentes, que su entrega y aprecio de lo que los misioneros consideraron “penitencia”, los hacía a ellos, misioneros cristianos, sentirse hasta avergonzados: “… siendo cristianos no nos disponemos a hacer por Jesucristo siquiera la centésima parte de lo que éstos hacían por nuestro común enemigo el demonio; la vergüenza que los cristianos deberíamos tener…”

Esto es de suma importancia que lo tomemos en cuenta para entender nosotros ahora cómo pudieron ellos entender entonces a la Virgen de Guadalupe.

• Religión, metafísica y política

Lo hasta aquí expuesto de la religión mexicana da idea de que se trataba de una concepción del universo primitiva e infantil, de tipo animista; pero no era así. Los indios captaron como nadie el problema metafísico de la inestabilidad de todo lo que vemos, y su respuesta filosófica fue tan sagaz y profunda que León Portilla no duda en compararlos con los hebreos y escolásticos.

Su solución al problema ontológico de la dualidad-unidad de este mundo, como luz-tinieblas, masculino-femenino, vida-muerte, la expresaron explicando que, en la más honda esencia del ser, en el Ser Supremo, no existe sino unidad y armonía, (Es “Acto Puro”, diríamos nosotros), y que este único Ser, armónico y perfecto, es lo único perfectamente verdadero, la Verdad misma.

El hombre, sin embargo, no es ese Ser y él y su mundo están muy lejos de su unidad y armonía: en su mundo, el Tlaltípac, que está a 13 cielos de distancia del mundo de Dios, el Omeyocan: Donde está la Dualidad, el Lugar de la Armonía.

El nombre que asignaban a ese Ser Supremo era OMETEOTL,  es decir: “Dios del Dos”, “Dios de la Dualidad”, (el que unifica y Tonacatecuhtli_borgiadomina en sí lo dual, el que es perfección y unidad absolutas).

Tenía otros muchos nombres, que eran formas de comprimir en feliz síntesis aspectos de su naturaleza tal como la concebían los tlamatinime, los sabios nahuas. Por ejemplo: Chalchiutlatonac = “El que hace brillar las cosas como jade”, (el que crea el verdor, la vida); Citlallatonac-Citlaninicue = “El astro que hace brillar las cosas – la Falda de Estrellas”, (el que que es dueño del día y de la noche); pero nos importa más fijarnos en los cuatro que menciona la Señora del Tepeyac“In tloque in Nahuaque”, “Ipalnemohuani”, “Moyocoyani Teyocoyani” y “Tocecuiyo in Ilhuicahua in Tlaltipaque in Mictlane”, y, para mejor entenderlos, citemos largamente a León Portilla que hace de ellos un inmejorable análisis:

“Comenzando por el difrasismo diremos que es una substantivación de las dos formas adverbiales TLOC y NAHUAC. La primera (TLOC) significa CERCA… El segundo término NAHUAC, quiere decir literalmente EN EL CIRCUITO DE, o, si se prefiere, EN EL ANILLO… Sobre la base de estos elementos, añadiremos ahora el sufijo posesivo personal -E, que se agrega a ambas formas adverbiales TLOQU(E) y NAHUAQU(E), dá a ambos términos la connotación de que el estar cerca, así como el son . Podria, pues, traducirse IN TLOQUE IN NAHUAQUE como < EL DUEñO DE LO QUE ESTA CERCA Y DE LO QUE ESTA EN EL ANILLO O CIRCUITO >.

Fray Alonso de Molina en su diccionario vierte este difrasismo, que es auténtica en la siguiente forma: < CABE QUIEN ESTA EL SER DE TODAS LAS COSAS, CONSERVANDOLAS Y SUSTENTANDOLAS >. Clavijero, por su parte, al tratar en su Historia de la idea que tenían los antiguos mexicanos acerca del Ser Supremo, traduce TLOQUE NAHUAQUE como < AQUEL QUE TIENE TODO EN SI >. Y Garibay, a su vez, poniendo el pensamiento náhuatl en términos cercanos a nuestra mentalidad, traduce: < EL QUE ESTA JUNTO A TODO, Y JUNTO AL CUAL ESTA TODO >.”[27].

“Así como IN TLOQUE IN NAHUAQUE apunta a la soberanía y a la acción sustentadora de OMETEOTL, así IPALNEMOHUANI se refiere a lo que llamaríamos su función vivificante, de < principio vital >. El análisis de los varios elementos de este título del dios dual pondrá de manifiesto su significado. IPALNEMOHUANI es, desde el punto de vista de nuestras gramáticas indoeuropeas, una forma participial de un verbo impersonal NEMOHUA (o NEMOA), se vive, todos viven. A dicha forma se antepone un prefijo que connota causa IPAL-, por él, mediante él. Finalmente al verbo NEMOHUA (se vive) se le añade el sufijo participial -NI, con lo que el compuesto resultante IPAL-NEMOHUA-NI significa literalmente < AQUEL POR QUIEN SE VIVE >.”

“Garibay, dando un sesgo poético a esa palabra, la suele traducir en sus versiones de los Cantares como < DADOR DE LA VIDA >, idea que concuerda en todo con la de < AQUEL POR QUIEN SE VIVE >. Penetrando ahora -hasta donde la evidencia de los textos lo permite- en el sentido más hondo de ese término, puede afirmarse que está atribuyendo el origen de todo cuanto significa el verbo NEMI: moverse, vivir, a OMETEOTL. Completa, por consiguiente, el pensamiento apuntado por el difrasismo IN TLOQUE IN NAHUAQUE.

Allí se significaba que OMETEOTL es cimiento del universo, que todo está en él. Aquí se añade ahora que por su virtud (IPAL-) hay movimiento y vida (NEMOA). Una vez más aparece la función generadora de OMETEOTL que, concibiendo en sí mismo el universo, lo sustenta y produce en él la vida.

“Moyocoyani Teyocoyani” son también participios de presente, como Ipalnemohuani, ambos del mismo verbo: yucuya o yocoya = “idear”, “forjar con el pensamiento”. El primero, con el prefijo reflexico Mo- = “se”, “a sí mismo”, y el segundo con el prefijo transitivo Te- que indica “persona”, “ser racional”. Su traducción, pues, sería “El que, pensando, se da la vida a sí mismo y todos los demás”. El último: “Totecuiyo in Ilhuicahua, in Tlaltipaque in Mictlane” parecería cita de San Pablo (Fil. 2, 10), pues significa “Nuestro Señor, Dueño del Cielo, de la Tierra y del Mundo de los Muertos”, que, en este caso, no es lirismo poético, sino expresión sólidamente ontólógica de totalidad, dueño y razón de cuanto existe.

Fuente: http://cienciayreligion.org/america/amer_07.html

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